Historias de la España mágica: Romasanta, la bestia humana
Bestia Humana

“Y en las noches de luna llena se convertía en una bestia tan feroz que todo a su paso moría, las flores se marchitaban aplastadas por sus negras zarpas, las aguas se emponzoñaban sin dejar nacer la vida y los gritos de sus víctimas se oían como señal de su trágico destino”

Esta podía ser una de las escenas contadas por cualquier lugareño en una pequeña aldea de la Galicia de no hace tanto tiempo, lugares preñados de historias y leyendas sobre el lobisome, una criatura con forma de lobo pero que en realidad guardaba una furia desmedida, ya que no era un simple animal sino el engendro de una vieja maldición por la que los hombres se transformaban en bestias iracundas. ¿Existió este ser en alguna ocasión o simplemente es fruto del miedo a los lobos que generan historias para cuidarse de sus peligros? Aunque la respuesta parece bastante obvia, les invitamos a que conozcan al protagonista de este artículo para que luego juzguen si la bestia humana puede superar a cualquier monstruo creado por nuestra imaginación, les presentamos a:

Manuel Blanco Romasanta

Nacido en Regueiro provincia de Orense en 1809, desde los primeros tiempos de su vida ya tenemos un dato curioso, es bautizado como Manuela ya que se pensaba que era mujer, cosa que con el tiempo cambia y desarrolla su sexualidad como varón. Ya con identidad masculina su descripción nos presenta a una persona casi angelical de ojos claros y pelo rubio, alcanzado tan sólo en edad adulta la estatura de 1,37 metros. Podrá obtener los estudios suficientes para saber leer y escribir, cosa que rentabilizará en su futuro. Comienza a trabajar en un telar de un tío suyo y se casa aunque su matrimonio se trunca a los tres años por la muerte de su esposa sin dejar descendencia alguna. Mucho se ha hablado de esta primera muerte aunque parece ser que Manuel no tuvo nada que ver con ella. Tras este mazazo la vida le cambia en soledad para convertirse en buhonero, una profesión que consistía en ir de un lugar a otro vendiendo todo tipo de artículos, casi nunca de primera necesidad. Esta actividad la complementa con el trabajo de escribir y hacer llegar cartas, ya que su movilidad le convertía en un auténtico hombre correo que podía comunicar varias aldeas y pueblos distantes entre sí. Aquí destaca un  detalle decisivo para desentrañar parte del misterio que rodea a Romasanta, y es que uno de los productos mejor vendidos consistía en jabones que servían prácticamente para todo, siendo un remedio cuasi milagroso que los lugareños adquirían como un remedio a sus dolencias.

En esta época es cuando nuestro protagonista comete el primer asesinato, ahora sí con total seguridad achacado a su persona, el de un alguacil de la zona  que por una disputa no resuelta y generando un odio visceral, le lleva a matar a este hombre siendo perseguido por ello. Conocido el crimen se le cita para que acuda al juzgado pero al no presentarse, se le declara en rebeldía, comienza con esto la caza al buhonero gallego.

Manuel Blanco Romasanta

Esta circunstancia le obliga más si cabe a llevar una vida nómada y sobre todo cambiar de escenarios por la posibilidad de que fuera detenido, así amplía su campo de actuación y parece ser que es cuando esta historia se tiñe de rojo sangre comenzando con una serie de asesinatos en serie.  La escena que se repetiría mucho a partir de ese momento es sencilla, Manuel acompañaba a mujeres y niños que querían llegar a otros pueblos o a las capitales gallegas y tenían que internarse por densos bosques que nadie o casi nadie se había atrevido a transitar, un miedo a lo desconocido que le daba ventaja para actuar con libertad absoluta, como si el bosque fuese el escenario de un cuento pero un final oscuro y tenebroso. Y así fue, hubo desapariciones, las personas nunca llegaban, pero los mensajes sí, aquellas cartas que tranquilizaban a los familiares le daban de nuevo al asesino la ventaja suficiente para ganar tiempo, aunque sabemos que al final hasta el más precavido de los asesinos comete siempre algún error. En aquellos pueblos aislados que Romasanta visitaba, uno de los artículos que más vendía era la ropa, ropa y objetos personales de sus víctimas, algo más que “cosas” ya que algunas de ellas fueron reconocidas sabiendo que ya existía una historia de desconfianza alrededor de este personaje. Las piezas comenzaron a cuadrar, y ese margen de tiempo y espacio que había tenido era cada vez más pequeño, el cerco se estrechaba, su fama de buhonero que era en realidad un prófugo de la justicia hacía que las sospechas fueran cada vez más pesadas cayendo sobre él la acusación de la desaparición de esas personas que un día acompañó. Así acorralado como una bestia se tuvo que sentir Romasanta que huye a tierras castellanas donde en unos trabajos de siega, uno de sus antiguos vecinos le reconoce y da la voz de alarma, fue en Nombela provincia de Toledo, donde se le dará caza definitiva. Llevado a la localidad de Escalona ya como reo de la justicia se hará un largo viaje hasta Allariz, población gallega donde se realizará uno de los juicios más interesantes de la historia de España. En 1853 se le juzga por la desaparición de varias personas y a sabiendas de que existían pruebas de peso, más antecedentes contra él, mueve ficha en un giro de guion realmente inesperado. Manuel Blanco Romasanta admite haber matado a doce personas en esos viajes pero lo admite aludiendo como eximente que es víctima de una maldición, un “meigallo” como decían en su tierra, y por ello en las noche de luna llena, se convertía en lobo para cometer los crímenes más atroces, acompañado a veces de otros lobos que también poseían su misma condición. Un reguero de sangre caía de las fauces de la superstición más arcaica de Galicia. Increíble sí, pero tan cierto como que su defensa tuvo a un médico francés especializado en hipnosis llamado Philips, que alude a un problema psiquiátrico real para explicar dicho comportamiento criminal. Se conoce como licantropía la enfermedad por la cual la persona que la sufre cree realmente que su fisionomía puede cambiar generalmente a lobo, y con esta forma llegar a cometer actos violentos de los que no sería responsable por enajenación mental transitoria.  Ciencia y creencia como vemos en un maridaje que en última instancia favorece a nuestro protagonista, ya que de una sentencia firme con pena capital por considerarle totalmente responsable, la sentencia cambiará a cadena perpetua una vez se lleva el caso por su defensa a altas instancias judiciales llegando hasta la mismísima reina Isabel II. Fueron muchos los medios de comunicación que se hicieron eco de esta rocambolesca historia donde asesinatos, leyendas y maldiciones nos hacen ver cómo la España mágica se abre paso en pleno siglo XIX.

Por si todo esto fuera poco, y una vez investigado el caso con más detenimiento por expertos que aun al día de hoy siguen publicando datos nuevos, parece ser que la causa criminal que movía a Romasanta lejos de ser una maldición, era la codicia, una codicia que tenía como mercancía la grasa humana, sus víctimas eran tratadas como materia prima para vender su grasa corporal y así conseguir un negocio de pingues beneficios, un siniestro mercado que en la época pagaba buenos dineros por estas sustancias, luego convertidas en jabones o ungüentos.

Una historia alucinante que ha dejado una estela de trabajos interesantes en la literatura, el periodismo o incluso el cine, pero que conecta con claves muy profundas del terror cuando la bestia es o al menos tiene, forma humana. Una aventura de la España mágica que escribe sus capítulos haciendo una vez más de la máxima “la realidad supera a la ficción” una verdad contundente que no deja de estremecernos siempre que escuchamos en las espesuras de un  bosque gallego, los aullidos de este hombre lobo de Allariz.

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